Publicado en El Nuevo Día (14 de junio de 2013)

Imagen: Flicker (artistikchic)¿Podrían acompañarme en su imaginación? La noche está densamente oscura y hasta enigmáticamente caprichosa. La luna trata de imponer el reino de su luz en el terreno de las tinieblas. Y justo ahí, mientras unos duermen y otros sobreviven soñando en el silencio de una noche de viernes a las tres de la mañana, un grupo de ronderos de Operación Compasión le abren camino a la esperanza en una de las calles de la periferia de Santurce. De esas calles que no conducen a otro destino que no sea la invisibilidad de los seres de la noche. La calle de los nadie, la esencia del olvido.

¿Podrá alguien recordar lo que nunca fue un presente? Vete, a ver si te extraño, es la insólita prueba de amor que algunos ponen para que la hipocresía gane justificación racional. Pero acá, en el mundo de los efectos, la noche se vuelve elocuente y, de golpe, los gritos del silencio manifiestan presencia humana en esta jungla de olvidos en donde viven miles de puertorriqueños y en donde se sepultan bajo la brea millones de sueños no logrados.

Transitando por este metafórico desierto y empujando ruidosamente, con aires de dueño, su carrito de compras aparece este buen hombre con su preciado vehículo. Qué paradójica escena, en donde unos llevan la compra, otros llevan la vida. El hombre, a distancia prudente, observa con razonable escepticismo a nuestro grupo de voluntarios. Ya vencido el miedo inicial y atraído por la oferta que de inmediato lanza el grupo, se acerca y establece un punto de vinculación. El sándwich y las sopas que le estamos ofreciendo en esa hora de la noche adquieren dimensiones épicas. El menú tiene la intención de crear diálogo que mitiga el hambre inmediata, pero trabaja el hambre histórica. Y en el medio el carrito que alguna vez fue de un supermercado, de inmediato se transforma de muralla a confesionario, y de ahí a mesa de comunión. 

Se dice que la cultura no es otra cosa que un entramado de interpretaciones. El significado que se le da a un evento o a un objeto depende de quién y en qué circunstancias se define. Lo que ayer fue amor, hoy descubrimos que siempre fue un odio maquillado. Las lágrimas de ayer pudieran abrir camino a la alegría de hoy. El caballero de la noche logra la atención del grupo; estudiantes de día, misioneros de noche. Ese hombre refleja en su rostro las noches ahorradas, los párpados disfuncionales de ojos que olvidaron dormir la noche del descanso y fueron atrapados en la eterna vigilia de quienes han perdido la capacidad de soñar. 

Es paradójico pensar que, al otro lado del mundo, que en este caso se trata más bien del otro lado de la calle, las personas hacen alarde de sabiduría discutiendo las tonterías de una política de apoplejía. “¿Qué me pongo?”, será el dilema existencial de muchos un viernes a esa hora de la noche. ¿Cómo me veo? ¿Cuánto vales? ¿Hasta dónde llegas? Mientras la comparsa de palabras compite por llegar a primera plana, alguien empuja un carrito de compras, sin compra. 

Maravillados por este encuentro, los misioneros de la noche rodean de mimos al cliente, y el diálogo se impone, el corazón encuentra la vía hacia el otro corazón, no hay libretos ni guías, no hay preceptores en monitorías, sólo noche, carrito y piel. Anticipando el despegue, el caballero nos explica la diferencia de su carrito con el que él tenía en el pasado. Aquí sale la cultura de entramados y significados. El carrito actual es de plástico, el de antes era de hierro. El que tiene en estos días un carrito de hierro es héroe en el mundo del silencio. 

La lección de la noche no reside en la cómoda butaca de la biblioteca, sino en el corazón desnudo que deambula. He aquí la paradoja: antes éramos hierro, hoy arrastramos plástico.