#LaCalleHabla

Blog especial que recoge las reflexiones de nuestros voluntarios del programa Operación Compasión.

Por respeto a la privacidad de nuestros participantes, hemos utilizado nombres ficticios para representar a las personas visitadas durante esa ronda.

Eran las 7:30 p.m. y la calle estaba oscura como de costumbre. Había llegado a nuestra “cueva” para preparar todo lo necesario para la ronda y conocer a los ronderos y pre ronderos. Olga, que también es parte del equipo de líderes, estaba en camino. Al momento era solo yo, pero hay una magia en ese lugar que no te permite sentirte sola. Dos personas se acercaron a ayudar en la preparación y poco después llegó Olgui. Charlábamos y reíamos a carcajadas mientras colábamos café y preparábamos todo para nuestras visitas. No llegó más gente, pero nos sentíamos completos. Aunque algunos de ellos no subieron a la guagua sí asistieron a la ronda.

Salimos a la calle y paramos en una de las gasolineras de la avenida 65 de infantería, nuestra primera parada. Interactuamos con algunas 4 personas que estaban en el área. Entre café y coquito se iba preparando el escenario perfecto para el desahogo.

“El sistema es un negocio. Cuando se pensó el sistema no fue por compasión, sino que nos vieron con símbolo de dinero.” decía Ramón mientras nos explicaba sus conflictos ideológicos con el sistema de rehabilitación. “Mira ma’, tú me ves aquí, pero yo estudié. Yo estuve en la UPR. Es verdad que entré becado por deportes, pero tampoco es que fuera bruto. Yo sé de lo que te estoy hablando (…) Cuando tú ves los contratos que coge esa gente, trabajos que le toca a uno joderse haciendo y no ves un peso… uno se cuestiona dónde están los intereses.”

Ramón, que había sido convicto, nos contaba de las múltiples pérdidas que sufrió mientras estuvo tras las rejas. Primero fue su hija, luego su hermana y abuelos. “Salir de esto es tan difícil y frustrante… es más fácil comprar una bolsa y metértela que pasar por todo ese proceso burocrático. Te desmoralizas.” Las memorias y tristezas pesaban tanto como sus lágrimas y entre sollozos agradecía que lo escucháramos. Para Ramón, sus problemas no habían sido resueltos pero sus quejas y pensares habían sido validados.

Fueron muchas las cosas que pasaron por mi mente mientras él hablaba. Le imaginaba en los predios de la universidad, le imaginaba junto a su hermana y le imaginaba en el deporte. No me sorprendía que fuera ex alumno de la UPR, pero en ocasiones olvidamos que estas personas que hoy están en la calle, algún día comieron en la mesa, abrieron la nevera en medio de la noche, salieron al cine con algún/a amigo/a y estuvieron sentados en algún pupitre de alguna escuela aprendiendo colores, números y letras.

En una segunda parada, no muy lejana de la primera, conocimos a Ernesto. Se hallaba solo entre ropajes viejos y pedazos de cartón. Tenía algunos 35 años, también era usuario. Ernesto, se había iniciado en la drogadicción estando en la cárcel mientras cumplía sentencia por defender a su madre de los abusos de su padrastro. En aquel entonces solo tenía 15 años. Su madre había muerto a solo tres meses de ser encarcelado.

“Después de eso, me dio la enfermedad de mami. Tan pronto escuché la noticia fui directo a pillarme.” Continuaba, “después murió papi de una retirada en un hogar. Mami fue de SIDA.”

Ernesto señalaba que era alguien respetado en aquel espacio donde pernoctaba, por su buen comportamiento. Nos contaba que, en una ocasión, cuando era nuevo en el área, dormía frente a una barbería y fue acusado de robo en la misma. Acusación que luego fue desmentida.

“La gente siempre tiene prejuicios con uno por ser deambulante y tecato, pero, así como vino a reclamarme, vino a pedir disculpas.” Añadía lo molesto que era que las personas fueran hipócritas con su fe. Decía que le molestaba que aquellos que le miran desde el prejuicio y dicen vivir en los caminos de la fe, le echaran la bendición.

“En estos días cogí a uno y le dije molesto: sabes qué, a mi Dios me bendice con la vida todos los días cuando despierto. Ahora yo quisiera saber cuándo tú vas a dejarlo entrar a él para tú bendecirme.”

Allí, sentadas en la parte trasera de la troca (camioneta en la cual realizamos las rondas) reflexionamos sobre lo dicho. La hipocresía de las palabras y las acciones es poderosa. Un abrazo, un te amo, el gesto de bendecir… más vale sentirlos cuando los damos o pronunciamos, pues menos duele el silencio que la empatía forzada. “Gracias por la visita y el coquito” gritó al despedirse.

Así nuestra noche se iba cargando de intensas emociones. Apenas era las dos de la mañana y nos encontrábamos en busca de un amigo que rumoraban había muerto. Llegamos a su rincón de pernoctar y en su lugar hallamos un grupo de aproximadamente 7 personas, hombres y mujeres. No sabían de su paradero, no siquiera le conocían. Aquella visita nos habría tomado algunos 45 minutos y justo cuando estábamos de salida vimos una silueta que caminaba rápida y torpemente cruzando la avenida.

Por ahí viene otro compa, pensamos. Abrimos la puerta trasera de la guagua para ofrecerle los servicios y saludarlo.

“Por favor, yo no soy de aquí, necesito ayuda”. Estaba exhausto y desesperado. Tenía algunos 40 años como mucho. Era utuadeño y estaba perdido en San Juan. José, había estado hospitalizado en Centro Médico el día antes. Al salir de su operación no pudo contactar a sus familiares en Utuado. No tenía anotados sus números de teléfono y tampoco tenía celular. Había estado dando vueltas por las calles de San Juan tras haber sido engañado por otro ciudadano que le había ofrecido transporte para ir a comer.

“Me ofreció pon para comer. Fuimos y después me quería llevar pa’ un punto en Carolina. Me bajé del carro”, decía. Desde entonces estaba caminando y buscando la manera de regresar al hospital del cual no conocía el nombre. “Por favor, llévenme al hospital.”

Olgui y yo nos mirábamos y pensábamos en nuestra seguridad. Era un extraño, una persona que posiblemente nos superaba en fuerza, era una historia no común. Fue miedo lo que sentimos, preocupación por romper las reglas también. Procedimos a notificarle al resto del equipo lo que estaba sucediendo, en caso de una emergencia. Le buscamos en las redes sociales, contactamos a su hermana y le transportamos al hospital. Él no podía creer lo que hacíamos.

Allí, sentado en la troca, comió, bebió y fue surtido con artículos de higiene y ropa. Lo suficiente para poder pasar un día o dos en el hospital. Aquel evento habría marcado el final de nuestra ronda, así como el autor de una obra siente que está completa, nosotras sentíamos que nuestro propósito de aquella noche había sido cumplido.

Fuimos de regreso a la cueva aun pensando en aquel muchacho. Había un sentimiento extraño. Era vergüenza. Habíamos reflexionado en la noche sobre el prejuicio de aquellos que ven desde afuera. De aquellos que aceleran o suben el cristal en el semáforo, de aquellos que piensan que todos son adictos a alguna sustancia, los que piensan que no tienen educación o los que les acusan de robo sin evidencias.

Reflexionamos sobre el hipócrita en su fe, aquel que pronuncia una ideología y no la demuestra en acciones. ¡Vergüenza! Vergüenza por el miedo, por creer que estaba en la calle por su apariencia y desesperación. La noche nos sirvió para reconectar con nuestra filosofía y fortalecerla, para reconocer las faltas, pues la ronda también es un ejercicio de deconstrucción y construcción. En ellas nos permitimos reconocer y enfrentar aquello que hemos aprendido sin cuestionarlo, aquello que ha sido tan impregnado en nuestra mente y que cuesta mucho recodificar.

Las rondas son un proceso crítico y reflexivo de humanización que nace del amor y el sentido de solidaridad. Fue una ronda corta e intensa. Estoy feliz de haberla vivido con esta gran amiga, Olgui.

– Dielmarie Negrón Rivera