#LaCalleHabla

Blog especial que recoge las reflexiones de nuestros voluntarios del programa Operación Compasión


 

Pues sí, cada ronda tiene su magia. Es por esto que me he dado a la tarea de medir su impacto según sea la necesidad de reflexión en la que nos inserte cada una. Definitivamente, la ronda del último viernes del  2017 sobrepasó las expectativas de reflexión e introspección. Todos sabemos el poder de humanización que tiene salir a la calle. Envolvernos con la vulnerabilidad del que, como resultado de la deambulancia emocional y espiritual, hoy vive sin un techo, con un estilo de vida lleno de depresores, sin esperanza y sin consuelo.

Sin embargo, siendo todos ronderos con alguna experiencia, entendimos que nada hacíamos si no subíamos de nivel, si no nos retábamos a ampliar nuestra zona de ‘comfort’. Nos vimos siendo más humanos que el resto de la población. No obstante, supimos que no era suficiente. Sabíamos que las rondas son una enciclopedia en vida, como un juego virtual de sabiduría en carne propia. Por esto quisimos vivir hasta las letras pequeñas que no todos leen; aprender más, evolucionar más el alma. Y así comenzó la pre-ronda.

Salimos a la calle sin suficiente comida para lograr una ronda de ocho horas. Sabíamos que debíamos ser sensibles a la Voz que nos llevaría directo hacia quienes necesitaban, más allá de un sándwich, un buen abrazo y/o conversao’.

Y así fue… Paradas, una tras otra, en lugares donde la cosa está “mala”, pero solo la “cosa”, porque la gente es buena. Y entre la incertidumbre de esperar o no esperar, llegaba lo que menos se esperaba. Detenidos, nos vimos escuchando atentamente  lo que la vida tenía que decirnos y entre los abrazos comprendimos que la línea que divide el estar “allá o acá” es fina, muy fina.

“El acompañamiento es la verdadera Navidad”, me dijo una amiga. Y en ese vaivén, se encontraba nuestro compa de la bici, entre la búsqueda de escapes llamados “programas de tratamiento” sin haber comprendido aún que ya había recibido el mejor regalo de Navidad; estaba en el mejor de todos.

En el que se compone de días que comienzan con un “¡buenos días!” de unos ángeles que lo adoptaron, le dieron confianza y cariño. Aun así, se veía sufriendo su adicción, sin darse cuenta que ya había superado el obstáculo más complejo de una rehabilitación, su propia mente, la idea de abandono y poca importancia y todo aquello que muchas veces fue la base inconsciente que lo llevaba a donde iniciaba su caída.

¿A cuántos no nos han consumido esa mentalidad en algún momento? Con su tarjeta de información sobre algunos programas y unas cuantas estrategias de cómo dejar su uso problemático de drogas, se fue con la frente en alto, valorando y apoderándose de su propio proceso.

La apatía es más destructiva que cualquier droga”.

Con eso en mente seguimos nuestra ronda. Aún era temprano. Entre más abrazos de músculos varoniles maquillados que buscaban confortar su desamor en su famosa esquina, de mentes embriagadas con corazones rotos por la soledad, de náufragos que como zombies buscaban escapar de sus realidades. Entre esos abrazos fuimos testigos de la realidad que hay en aquellas palabras que un día me compartió un compa: “si la calle esta mala, la casa está peor”.

Nos preocupó, y terminamos la ronda comprendiendo que, sin quitarte importancia ni valor, abrazábamos lo concluido de la vida que comienza en disfunción. Que, aunque para unos pocos no necesariamente es un final, para muchos otros (según estadísticas) si lo es. Y comprometidos nos dimos a la tarea de ser ronderos fuera de las oscuras horas de la calle, en nuestras casas, vecindarios, trabajos, escuelas, iglesias; allí, en donde pudiera estar el que por futuro le depara la deambulancia y aún no lo sabe. Allí en donde aún está a tiempo de salvarse el sueño del que pudiera perder su esperanza.

Evolucionamos al comprender la importancia de un buen abrazo a tiempo, de un “voy a ti” en el momento preciso. Comprometidos con la vida, nos despedimos diciendo al unísono, “henos aquí”. En ese instante, a las 5:00 de la mañana, comenzó la ronda…

– Edgardo Vázquez Fonseca